En el sector de la salud pública, la descentralización
comenzó a consolidarse efectivamente con la transferencia
de recursos del Estado a los Consejos Regionales y Locales de
Salud, que se inició en octubre pasado.
Llegar a este estadío fue el fruto de la lucha que encararon
varios municipios, organizaciones de la sociedad civil y organismos
de cooperación, cuando toda la estructura del Estado paraguayo
se presentaba centralista, altamente burocrática y cerrada
a la posibilidad de visualizar una nueva manera de gestionar
la cosa pública.
Ahora que se escaló un peldaño más en el
proceso de descentralización de la salud, el desafío
es otro para todos los actores involucrados, cual es la transparencia
y el uso eficiente de los recursos transferidos desde el nivel
central a los niveles locales.
Toda administración de fondos públicos atrae a
los políticos oportunistas. Por eso, si la descentralización
de la salud quiere constituirse en una herramienta nueva de la
gestión pública, que esté solamente al servicio
de la comunidad, debe mantenerse como territorio liberado del
prebendarismo y del clientelismo políticos que minaron
las organizaciones del Estado.
No se pueden ya cometer los mismos errores de una administración
centralizada, pues eso solo otorgará argumentos a aquellos
sectores que todavía insisten en mantener vivo un sistema
viciado de corrupción, malversación, uso ineficiente
del dinero público y resultados de dudoso y parcial impacto.
Además, se debe reflexionar que cometer los mismos errores
implica que los protagonistas de la descentralización
se convertirían en lo que siempre criticaron a la hora
de exigir de las autoridades transparencia, eficiencia y participación.
Para protegerla de la politización y de la corrupción
que ya han comenzado a insinuarse en algunas regiones, la descentralización
de la salud pública debe buscar amparo en la mayor participación
democrática, en la construcción de sistemas que
eliminen toda discrecionalidad en el manejo de los fondos y en
la exigente rendición de cuentas.
El compromiso que ahora debe unirlos ya no es el de requerir
al Estado espacios en la toma de decisiones, sino es la construcción
participativa de la cultura de la transparencia y el uso responsable
del dinero público, propiciando rendiciones de cuentas
a todos los niveles. Además de fortalecer el proceso,
esto permitirá afianzar la democracia en nuestro país.
A través de una metódica y eficiente contabilidad
hay que asegurar que todos los ingresos y gastos sean debidamente
registrados; mediante la confección de manuales de procedimientos
se debe garantizar que todos los flujos y usos de dinero se realicen
con absoluta transparencia; y los Consejos Locales de Salud deben
ejercer una activa vigilancia para cerciorarse de que los recursos
sean aplicados única y exclusivamente en beneficio de
la comunidad, sin favoritismos ni exclusiones.
Por constituir un fenómeno emergente, la descentralización
es más vulnerable a la contaminación política.
Pero, también por ser un proceso nuevo, al mismo tiempo
tiene mayor capacidad de desarrollarse sin las lacras y vicios
del pasado. Ello será posible si construye su propia institucionalidad
basada en la participación democrática y en la
transparencia administrativa. Desde luego, estos principios comprometen
no solamente a los miembros de la comunidad, sino también
a las autoridades de las municipalidades y las gobernaciones.
Concretar el tan anhelado cambio se construirá únicamente
sentando las bases del uso responsable del dinero público,
que implica no solo gastarlo sino utilizarlo correcta y oportunamente.
Otorgando al “cómo” la importancia que el
sistema centralizado no lo hizo. Así los resultados serán
claros, palpables y concretos.