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LUIS
LÓPEZ
Doctor en Medicina.
Neonatólogo.
Especialista en Salud
Pública y Gerencia
y Desarrollo de
Proyectos Sociales.
Actual consultor del CIRD. |
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En este momento en que se marca un hito en la vida política
de nuestro país y con la inminente asunción de
nuevas autoridades se generan grandes expectativas.
Una de las políticas mencionadas insistentemente en el
marco de la filosofía política es la gratuidad
de los servicios de salud. Gratuidad entendida como la supresión
de las barreras arancelarias, considerando que nada es gratis,
que todo tiene su costo y que todos juntos pagamos todo.
¿
Será que la propuesta es resultado de un análisis
técnico responsable y serio de la situación actual
o es una de esas tantas medidas populistas que nos ofrecen, sobre
todo, durante las campañas electorales?
La gratuidad es un instrumento administrativo de la política
para facilitar el acceso a los servicios sanitarios. Aquí el
problema básico es el acceso.
La gratuidad ha sido declarada reiteradamente en distintos momentos,
pero como resultado de su aplicación ¿se aumentaron
los servicios o no?, ¿se logró mejorar la capacidad
resolutiva de los establecimientos?, ¿mejoraron nuestros
indicadores?, ¿nuestra población está más
sana y los usuarios de los servicios más satisfechos?
De qué nos sirven títulos rimbombantes y floreados
planes si no conseguimos el objetivo primario que es la ampliación
del acceso a los servicios de salud para la gente.
¿
Dónde se ejerce más efectivamente el derecho a
la salud? ¿En una comunidad cuyo servicio de salud está descentralizado
y donde los aranceles percibidos de los usuarios que pueden pagar
(manteniendo la exoneración a los que no pueden hacerlo)
sirven para financiar servicios que el MSPyBS es incapaz de brindar?
o ¿en una comunidad no descentralizada con declaración
de gratuidad, pero que en la práctica el servicio no se
brinda por desabastecimiento, equipamiento médico fuera
de uso por falta de reparación, ambulancia sin combustible,
carencia de médicos, etc.?
Si se eliminan los aranceles y no es posible mejorar el servicio
por otros medios de financiamiento, estos son recursos decisivos
para lograr mejores condiciones para el funcionamiento de los
servicios. La gratuidad, al fomentar la cultura del “no
pago” en general, no es valorada por la ciudadanía
y el cobro de aranceles tiene sentido si estos son administrados
localmente en un marco de flexibilidad, oportunidad, transparencia
y eficiencia. Esto se logra a través de los acuerdos de
cogestión administrativa en salud en el marco del proceso
de descentralización desarrollado en nuestro país.
Además, todas las investigaciones han demostrado que los
que más tienen son los que acaparan los beneficios de
la gratuidad. En contrapartida, los más pobres, los más
excluidos, por sus capacidades y oportunidades muy restringidas,
ni siquiera acceden a la información, aumentando la brecha
de las desigualdades. Esto es aún mucho más evidente
en situaciones como la nuestra de marcada ineficiencia pública,
debilidad institucional y falta de respeto a la legalidad.
Creo que hoy, en las condiciones en que nos encontramos, la gratuidad
de los servicios es insostenible y no sustentable. Más
aún en un país donde no sobran recursos y donde
no se generan grandes beneficios que puedan subvencionar otros
proyectos sociales gracias a las intervenciones correctas.
Hoy nuestra realidad es la de establecimientos que subsisten
en medio de carencias extremas, desabastecidos de insumos y medicamentos,
con insuficiente cantidad de personal sanitario, no comprometido
con las tareas de promoción y educación para la
salud, inequitativamente distribuido o deficientemente gerenciado
y no optimizado.
En este contexto, nuestras necesidades nos obligan a enfocarnos
en la toma de decisiones sobre cuestiones mucho más consistentes
y aplicables, lo que lamentablemente no lo percibo.
Al augurar que el futuro público nos depare prácticas
de toma de decisiones “basadas en la evidencia”,
creo que deberíamos hacer el esfuerzo de arbitrar medidas
para que a través de estrategias focalizadas, anteponiendo
criterios de equidad más que de igualdad, aseguremos que
el pobre no sea desatendido y pueda acceder a los servicios de
salud, no sólo para la recuperación de su salud,
sino para insistir en la prevención.
En términos sociales, las necesidades están bien
marcadas. Lo primero y urgente es la situación sanitaria
de la franja más desprotegida. Los primeros recursos son
para la gente más pobre. Eso está muy claro. Necesitamos
focalizar con pragmatismo de una manera eficiente y contundente.