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| Dr.
Carlos Rodríguez. |
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“La salud no tiene precio” dice el saber popular
y el dicho se pone a prueba cuando la enfermedad se hace presente
y queremos recuperar la salud.
En nuestro país enfermar y ser pobre –o ser pobre
y enfermar- supone una prueba más cruel que el hecho de
por sí difícil de padecer una enfermedad. Actualmente,
el 80% de la población depende del sistema público
para la atención de su salud, y de eso se estima que un
40% está excluida del sistema sanitario público
por una serie de barreras, siendo la económica la más
importante, debido a lo que el paciente o sus familiares deben
pagar para recibir su tratamiento. Además, el Paraguay
tiene uno de los más altos gastos de bolsillo per cápita
de la región, situación particularmente grave en
un país con malos indicadores sociales y económicos.
Y justamente, cuando más compatriotas están por
debajo de la línea de pobreza, la responsabilidad del
Estado en garantizar el acceso, aumentar la cobertura y mejorar
la calidad es mucho mayor. Para lograr esto, el Estado dispone
de una herramienta fundamental: el Presupuesto General de Gastos.
En los dos últimos años, el Ministerio de Salud
se benefició con un incremento histórico en su
presupuesto, el cual casi se duplicó y actualmente equivale
a 240 millones de dólares. Los gremios de médicos,
enfermeras y otros profesionales de la salud tuvieron un rol
descollante para que estos incrementos se destinen a la compra
de medicamentos, insumos hospitalarios, mantenimiento de equipos
y de tecnología.
Pero a diario, nos enteramos por la prensa, y también
por experiencia directa, que en los centros asistenciales públicos
continúa el desabastecimiento, “pero será superado
en breve, pues los procesos licitatorios están por concluir
y la ejecución presupuestaria será elevada” explicaron
a los medios las autoridades del Ministerio de Salud.
El tema es que el año también está por concluir.
La gente se enferma todos los días, las enfermedades no
tienen calendario, ni consideración para presentarse y
por supuesto, la gente no tiene forma de hacer coincidir su enfermedad
con el momento en que la ejecución presupuestaria es óptima.
En los meses precedentes, la ejecución de los rubros de
medicamentos e insumos fue bajísima, inclusive próxima
a cero. Y el desabastecimiento fue una constante durante 9 meses.
Eso quiere decir que aunque médicos y enfermeras, bioquímicos
y radiólogos estuvieron en sus puestos de trabajo, los
pacientes han sufrido retrasos en sus diagnósticos y tratamientos,
pues la medicina requiere, además del conocimiento de
estos profesionales, la disponibilidad permanente de reactivos,
medicamentos y demás suministros para una atención
integral.
La sola asignación de más recursos financieros
de por sí no contribuye a mejorar la prestación
de servicios. La ejecución presupuestaria debe ser oportuna
y eficiente, y acompañar las necesidades de los establecimientos,
que realmente son las necesidades de los pacientes.
Una enfermedad grave se debe diagnosticar y resolver en el momento
que se presenta. El retraso en actuar inexorablemente determina
daños mayores, quizás irreversibles, incapacidad
permanente y hasta la muerte. Que estas situaciones persistan,
en medio de la más alta disponibilidad presupuestaria
conocida en el Ministerio de Salud, es a todas luces patético.
Alcanzar una ejecución presupuestaria cercana al 90% para
el 31 de diciembre, puede resultar un indicador muy meritorio
desde una perspectiva meramente cuantitativa, pero más
significativo desde todo punto de vista es que cada mes, desde
el primero al último, se alcance la máxima ejecución
posible, y que esta ejecución se traduzca en adquisiciones
de los insumos que realmente necesitan los establecimientos y
los pacientes, en cantidad y calidad, que los productos adquiridos
estén disponibles a lo largo del año y que sean
utilizados por las personas que los necesitan, cuando y donde
los necesitan. Sólo así se habrá dado realmente
un paso adelante.