La descentralización de la salud no está libre
de amenazas que pueden enturbiar el proceso y empañar los
logros alcanzados. Desde el momento que ella implica una transferencia
de poder a órganos locales, y que éstos administran
un creciente volumen de recursos económicos, está
expuesta a la contaminación de las malas prácticas
políticas. Esto es, a la ingerencia de aquellos políticos
deshonestos que tratarán de ejercer el control sobre el
uso de los fondos en beneficio de intereses particulares, inclusive
para fines proselitistas. Los genuinos representantes de la comunidad
que llevan adelante la descentralización deben disponerse
a preservar la integridad de los procesos de descentralización.
Para protegerla de la politización partidaria que ya ha
comenzado a insinuarse en algunas regiones, la descentralización
de la salud pública debe buscar amparo en la mayor participación
democrática, en la construcción de sistemas que
eliminen toda discrecionalidad en el manejo de los fondos y en
la exigente rendición de cuentas.
A través de una metódica y eficiente contabilidad
hay que asegurar que todos los ingresos y gastos sean debidamente
registrados; mediante la confección de manuales de procedimientos
se debe garantizar que todos los flujos y usos de dinero se realicen
con absoluta transparencia; y los Consejos Locales de Salud deben
ejercer una activa vigilancia para cerciorarse de que los recursos
sean aplicados única y exclusivamente en beneficio de la
comunidad, sin favoritismos ni exclusiones.
Es bien sabido que toda administración de fondos públicos
atrae a los políticos oportunistas. Por eso, si la descentralización
de la salud quiere constituirse en una herramienta nueva de la
gestión pública, que esté solamente al servicio
de la comunidad, debe mantenerse como territorio liberado del
prebendarismo y del clientelismo políticos, prácticas
cotidianas en las organizaciones del Estado.
Por constituir un fenómeno emergente, la descentralización
es más vulnerable a la injerencia político-partidaria.
Pero, también por ser un proceso nuevo, al mismo tiempo
tiene mayor capacidad de desarrollarse de manera eficiente y transparente
a través del control social. Ello será posible si
construye su propia institucionalidad basada en la participación
democrática y en la transparencia administrativa. Desde
luego, estos principios comprometen no solamente a los miembros
de la comunidad, sino también a las autoridades de las
municipalidades, las gobernaciones y los sectores políticos,
sociales y gremiales del país.