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Año 3 - Nº
11 - Agosto
2005 |
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LOS ROSTROS DEL CAMBIO
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Comprometidos con el
TRABAJO COMUNITARIO
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Adolfo Pilsel eligió
Paraguay para tirar su ancla, después de recorrer
muchos países del mundo. Alberto Corvalán, por su
parte, supo que nunca podría abandonar su tierra natal la
primera vez que viajó al extranjero. En ambas personas, representantes
de los Consejos de Salud de San Ignacio y Arazapé, en el
departamento de Misiones, el sentimiento de hacer algo útil
por la comunidad es lo que motiva sus acciones. Tanto Alberto como
Adolfo ven a la participación comunitaria como la estrategia
más eficiente para mejorar el acceso a los servicios de salud.
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Alberto Corvalán, presidente del Sub Consejo
de Salud de Arazapé, Misiones.
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Adolfo Pilsel, presidente del
Consejo de Salud de San Ignacio, Misiones.
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Al despertar esa mañana, Alberto Corvalán
tuvo la certeza de que quería volver a su país.
El joven de 19 años, todavía acostado en la cama
de la pensión de estudiante, evaluaba su futuro. En ese
país del primer mundo todo era perfecto y ordenado. No
se veían indigentes ni niños pidiendo limosnas en
la calle, todos tenían trabajo. También él
podría asegurar su vida. Conseguir un puesto laboral después
de terminar la beca no era difícil. De hecho, varios de
sus otros nueve compañeros paraguayos ya habían
hecho los contactos para quedarse a probar suerte en el viejo
mundo.
Pero no, definitivamente no. Él lo único que quería
era volver a casa y ayudar a su comunidad. El contraste con la
realidad social de Alemania, donde había sido becado por
un año para un curso técnico de especialización
agropecuaria le permitió fijarse metas concretas.
Eso me decidió aun más a volver, reflexiona
hoy. En Paraguay hay mucho por hacer y si todos nos vamos,
¿quién va a intentar cambiar este país? Creo
que para mejorar todos tenemos que ponernos la camiseta, uno desde
su lugar tiene que mejorar las cosas, no hay otra alternativa,
no podemos dejarle la carga solo a unos cuantos. De algún
modo todos tenemos que hacer algo para nuestra comunidad,
asegura.
Poco tiempo después Alberto ya estaba en el avión
cruzando el Atlántico, de retorno hacia su amada compañía
Arazapé, del distrito de San Miguel, Misiones. Al llegar
tuvo que enfrentar la prematura muerte de su padre, quien había
sido su ejemplo toda la vida. Muy pronto, los valores y las acciones
por las que su papá era reconocido en su pueblo se fueron
estampando en su propio trajín cotidiano.
Desde entonces pasaron casi quince años y el joven se convirtió
en un hombre de 33 años, casado y con tres hijos. Está
satisfecho con la vida. Desde que retornó de Europa, ocupa
el cargo público de la oficina local de Copaco que dejó
vacante su padre. Todos los días se levanta a las 5 de
mañana junto con su esposa Dionisia para ordeñar
a las vacas y darles de comer a las gallinas antes de ir a trabajar.
Todo eso lo hacemos en familia, comenta.
Pero la motivación que imprime sentido a su vida es el
trabajo que realiza por su comunidad. Alberto es presidente del
Sub Consejo de Salud de Arazapé. Desde ese espacio de participación
organizan la actividad del Centro de Salud, abastecen la Farmacia
Social, cuidan que no falten insumos ni medicamentos, administran
fondos para contratar médicos y planifican actividades
de prevención. Es la continuación del trabajo que
realizaba desde adolescente, de la mano de su padre. La diferencia
es que desde la conformación del Sub Consejo local de Salud
las obras se realizan de forma más organizada y los resultados
son más eficientes. Antes con una comisión
de apoyo nos encargábamos de comprar medicamentos, pagábamos
sepelios, trasladábamos enfermos, de todo hacíamos.
Después, apareció la Alianza (para la Salud) y a
partir de ahí hubo una mejor organización entre
los grupos. Hasta ahora nos complementamos bien y existe muy buena
coordinación, comparte Alberto.
La tendencia del trabajo comunitario en salud apunta a la prevención.
Por eso desde hace pocos meses en Arazapé se organizó
un Club de Hipertensos, donde las personas se reúnen tres
veces por semana para hacer ejercicio y cuidan entre todos una
huerta comunitaria. Antes las cosas se hacían de
pura voluntad. Se solucionaban las urgencias, pero sin organización.
Ahora, nos dimos cuenta de que es más barato prevenir muchas
cosas que hacerles frente, a la comunidad le sale mucho más
barato, reflexiona.
Alberto siente que su trabajo es útil. Está convencido
de que colabora para mejorar la calidad de vida en Arazapé.
No cambiaría nunca este lugar, jamás,
dice convencido. Definitivamente yo me quedo, ya nadie me
mueve, hay mucho por hacer aquí, sentencia.
Adolfo Pilsel también eligió el Paraguay
para tirar el ancla, dice él. A los 13 años
dejó su Alemania natal con su familia y se refugió
en Argentina. Pero una guerra sucia le impedía
construir su vida. Los enfrentamientos ideológicos lo habían
saturado. Ya no quería saber nada otra vez de los
vericuetos políticos: comunistas, no comunistas, liberales,
no liberales. Para mí ya era suficiente lo que había
en visto en Alemania. Yo tenía una familia recién
formada, con hijos pequeños. Entonces dije, me voy.
Con su título de ingeniero civil, llegó a Encarnación
y al poco tiempo se mudó a Obligado. Por fin, en 1978 consiguió
un trabajo estable en San Juan Bautista y decidió asentarse
en esa ciudad. Durante 20 años trabajó en el destacamento
militar de esta ciudad y también abrió su propio
taller de metalúrgica. Conozco varios países,
conozco el mundo, viajé mucho, trabajé mucho, pero
en alguna parte uno tiene que tirar el ancla. Sinceramente amo
al Paraguay. Su gente es muy diferente, cálida. Me gusta
este país, me gusta esa libertad que uno tiene.
Al enviudar, hace 8 años, y con sus cinco hijos viviendo
en el extranjero le asustó la idea de quedarse solo. Conoció
a una dama de San Ignacio, Misiones, y se mudó a vivir
allí. Al poco tiempo, estaba imbuido con el trabajo comunitario.
Primero comenzó a trabajar en la Municipalidad de San Ignacio,
para apoyar el trabajo del actual Intendente, de quien es amigo
personal. Los primeros tres meses de gestión municipal
trabajé como jefe de Salubridad y Medio Ambiente, sin sueldo
porque no había rubros. Yo prometí ayudarlo y eso
hice. Somos esclavos de la palabra, lo que se promete hay que
cumplir o de lo contrario, dar un paso al costado.
Cuando en la comunidad se conformó el primer Consejo Local
de Salud, Pilsel asumió como presidente. El trabajo
comunitario es un desafío que habla de que uno, no puede
dejar una mala imagen. Cada uno tiene una trayectoria donde no
puede fallar, comenta.
Al evaluar sus dos primeros años de trabajo de gestión
comunitaria, este hombre de 69 años se da cuenta de que
no fue fácil. Se tocaron los intereses de varios grupos
de poder, recibió acusaciones y hasta perdió clientes.
A través del control cruzado, los miembros del Consejo
Local de Salud evidenciaron que muchas de las recaudaciones del
Hospital no eran contabilizadas, pues no se entregaban boletas
legales. Pocos equipos funcionaban y los pacientes eran derivados
a sanatorios privados. Con duras manifestaciones los representantes
consiguieron se reponga el equipo de rayos X y se arregle el aire
acondicionado del quirófano. Llegaron algunos insumos,
pero al principio no se veían cambios de fondos. Fueron
meses duros, de varias movilizaciones e incluso cierres de ruta.
Pilsen comentó que algunas cosas se lograron. Para este
marzo, ya se había triplicado las recaudaciones.
De a poco va ha haber un cambio, que va a ser desde abajo
hacia arriba y eso tiene un costo, reflexiona. Tengo
69 años, yo ya hice mi vida, tengo lo suficiente para vivir,
ya mis hijos recibieron en vida lo que tienen que recibir, entonces
hay que darse el valor de por lo menos ser útil para alguien.
No es ninguna cuestión de filantropía lo que le
estoy diciendo, es simplemente querer sentirse útil para
los demás, expone.
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