Año 3 - 11 - Agosto 2005
EDITORIAL
A un año de los primeros Acuerdos
AUTORIDADES LOCALES Y SOCIEDAD CIVIL ORGANIZADA MANTIENEN REUNIONES CON PARLAMENTARIOS RESPECTO A LA LEY 1.032
Comunidades argumentan a favor de ajustes legales
TESAI ÑEMBYATY 2005
Un encuentro que superó todas las expectativas
SECTORES DEJARON SENTADAS
SUS POSTURAS

Enriquecedores debates en el pleno del Tesai Ñembyaty
CONSEJOS PRESENTARON TRABAJOS REALIZADOS
Proceso con experiencias exitosas
INICIAN CENSOS SOCIO-SANITARIOS EN TRES COMUNIDADES
Villeta investiga su realidad sanitaria
ENCARGADAS DE FARMACIAS SOCIALES SE CAPACITAN EN SALUD SEXUAL Y REPRODUCTIVA
Aprender para orientar
COMUNIDADES COMPROMETIDAS CON EL BIEN COMÚN
Por un San Miguel más saludable
INTENDENTE DE WICHITA, KANSAS, VISITÓ NUESTRO PAÍS
“Los paraguayos tienen que creer que existe un futuro”
DESCENTRALIZACIÓN EN HECHOS
CON NUESTRO INFORMATIVO, MATERIAL SOBRE SALUD SEXUAL
Información al alcance de todos
LOS ROSTROS DEL CAMBIO
Comprometidos con el
TRABAJO COMUNITARIO

LOS ROSTROS DEL CAMBIO
Comprometidos con el TRABAJO COMUNITARIO
Adolfo Pilsel eligió Paraguay para “tirar su ancla”, después de recorrer muchos países del mundo. Alberto Corvalán, por su parte, supo que nunca podría abandonar su tierra natal la primera vez que viajó al extranjero. En ambas personas, representantes de los Consejos de Salud de San Ignacio y Arazapé, en el departamento de Misiones, el sentimiento de hacer algo útil por la comunidad es lo que motiva sus acciones. Tanto Alberto como Adolfo ven a la participación comunitaria como la estrategia más eficiente para mejorar el acceso a los servicios de salud.

Alberto Corvalán, presidente del Sub Consejo de Salud de Arazapé, Misiones.
Adolfo Pilsel, presidente del Consejo de Salud de San Ignacio, Misiones.


Al despertar esa mañana, Alberto Corvalán tuvo la certeza de que quería volver a su país. El joven de 19 años, todavía acostado en la cama de la pensión de estudiante, evaluaba su futuro. En ese país del primer mundo todo era perfecto y ordenado. No se veían indigentes ni niños pidiendo limosnas en la calle, todos tenían trabajo. También él podría asegurar su vida. Conseguir un puesto laboral después de terminar la beca no era difícil. De hecho, varios de sus otros nueve compañeros paraguayos ya habían hecho los contactos para quedarse a probar suerte en el viejo mundo.

Pero no, definitivamente no. Él lo único que quería era volver a casa y ayudar a su comunidad. El contraste con la realidad social de Alemania, donde había sido becado por un año para un curso técnico de especialización agropecuaria le permitió fijarse metas concretas.

“Eso me decidió aun más a volver”, reflexiona hoy. “En Paraguay hay mucho por hacer y si todos nos vamos, ¿quién va a intentar cambiar este país? Creo que para mejorar todos tenemos que ponernos la camiseta, uno desde su lugar tiene que mejorar las cosas, no hay otra alternativa, no podemos dejarle la carga solo a unos cuantos. De algún modo todos tenemos que hacer algo para nuestra comunidad”, asegura.

Poco tiempo después Alberto ya estaba en el avión cruzando el Atlántico, de retorno hacia su amada compañía Arazapé, del distrito de San Miguel, Misiones. Al llegar tuvo que enfrentar la prematura muerte de su padre, quien había sido su ejemplo toda la vida. Muy pronto, los valores y las acciones por las que su papá era reconocido en su pueblo se fueron estampando en su propio trajín cotidiano.

Desde entonces pasaron casi quince años y el joven se convirtió en un hombre de 33 años, casado y con tres hijos. Está satisfecho con la vida. Desde que retornó de Europa, ocupa el cargo público de la oficina local de Copaco que dejó vacante su padre. Todos los días se levanta a las 5 de mañana junto con su esposa Dionisia para ordeñar a las vacas y darles de comer a las gallinas antes de ir a trabajar. “Todo eso lo hacemos en familia”, comenta.
Pero la motivación que imprime sentido a su vida es el trabajo que realiza por su comunidad. Alberto es presidente del Sub Consejo de Salud de Arazapé. Desde ese espacio de participación organizan la actividad del Centro de Salud, abastecen la Farmacia Social, cuidan que no falten insumos ni medicamentos, administran fondos para contratar médicos y planifican actividades de prevención. Es la continuación del trabajo que realizaba desde adolescente, de la mano de su padre. La diferencia es que desde la conformación del Sub Consejo local de Salud las obras se realizan de forma más organizada y los resultados son más eficientes. “Antes con una comisión de apoyo nos encargábamos de comprar medicamentos, pagábamos sepelios, trasladábamos enfermos, de todo hacíamos. Después, apareció la Alianza (para la Salud) y a partir de ahí hubo una mejor organización entre los grupos. Hasta ahora nos complementamos bien y existe muy buena coordinación”, comparte Alberto.

La tendencia del trabajo comunitario en salud apunta a la prevención. Por eso desde hace pocos meses en Arazapé se organizó un Club de Hipertensos, donde las personas se reúnen tres veces por semana para hacer ejercicio y cuidan entre todos una huerta comunitaria. “Antes las cosas se hacían de pura voluntad. Se solucionaban las urgencias, pero sin organización. Ahora, nos dimos cuenta de que es más barato prevenir muchas cosas que hacerles frente, a la comunidad le sale mucho más barato”, reflexiona.

Alberto siente que su trabajo es útil. Está convencido de que colabora para mejorar la calidad de vida en Arazapé. “No cambiaría nunca este lugar, jamás”, dice convencido. “Definitivamente yo me quedo, ya nadie me mueve, hay mucho por hacer aquí”, sentencia.

Adolfo Pilsel también eligió el Paraguay para “tirar el ancla”, dice él. A los 13 años dejó su Alemania natal con su familia y se refugió en Argentina. Pero una “guerra sucia” le impedía construir su vida. Los enfrentamientos ideológicos lo habían saturado. “Ya no quería saber nada otra vez de los vericuetos políticos: comunistas, no comunistas, liberales, no liberales. Para mí ya era suficiente lo que había en visto en Alemania. Yo tenía una familia recién formada, con hijos pequeños. Entonces dije, me voy”.

Con su título de ingeniero civil, llegó a Encarnación y al poco tiempo se mudó a Obligado. Por fin, en 1978 consiguió un trabajo estable en San Juan Bautista y decidió asentarse en esa ciudad. Durante 20 años trabajó en el destacamento militar de esta ciudad y también abrió su propio taller de metalúrgica. “Conozco varios países, conozco el mundo, viajé mucho, trabajé mucho, pero en alguna parte uno tiene que tirar el ancla. Sinceramente amo al Paraguay. Su gente es muy diferente, cálida. Me gusta este país, me gusta esa libertad que uno tiene”.

Al enviudar, hace 8 años, y con sus cinco hijos viviendo en el extranjero le asustó la idea de quedarse solo. Conoció a una dama de San Ignacio, Misiones, y se mudó a vivir allí. Al poco tiempo, estaba imbuido con el trabajo comunitario. Primero comenzó a trabajar en la Municipalidad de San Ignacio, para apoyar el trabajo del actual Intendente, de quien es amigo personal. “Los primeros tres meses de gestión municipal trabajé como jefe de Salubridad y Medio Ambiente, sin sueldo porque no había rubros. Yo prometí ayudarlo y eso hice. Somos esclavos de la palabra, lo que se promete hay que cumplir o de lo contrario, dar un paso al costado”.

Cuando en la comunidad se conformó el primer Consejo Local de Salud, Pilsel asumió como presidente. “El trabajo comunitario es un desafío que habla de que uno, no puede dejar una mala imagen. Cada uno tiene una trayectoria donde no puede fallar”, comenta.

Al evaluar sus dos primeros años de trabajo de gestión comunitaria, este hombre de 69 años se da cuenta de que no fue fácil. Se tocaron los intereses de varios grupos de poder, recibió acusaciones y hasta perdió clientes. A través del control cruzado, los miembros del Consejo Local de Salud evidenciaron que muchas de las recaudaciones del Hospital no eran contabilizadas, pues no se entregaban boletas legales. Pocos equipos funcionaban y los pacientes eran derivados a sanatorios privados. Con duras manifestaciones los representantes consiguieron se reponga el equipo de rayos X y se arregle el aire acondicionado del quirófano. Llegaron algunos insumos, pero al principio no se veían cambios de fondos. Fueron meses duros, de varias movilizaciones e incluso cierres de ruta. Pilsen comentó que algunas cosas se lograron. Para este marzo, ya se había triplicado las recaudaciones.

“De a poco va ha haber un cambio, que va a ser desde abajo hacia arriba y eso tiene un costo”, reflexiona. “Tengo 69 años, yo ya hice mi vida, tengo lo suficiente para vivir, ya mis hijos recibieron en vida lo que tienen que recibir, entonces hay que darse el valor de por lo menos ser útil para alguien. No es ninguna cuestión de filantropía lo que le estoy diciendo, es simplemente querer sentirse útil para los demás”, expone.