Los procesos de reforma son normalmente caminos difíciles
y no siempre lineales. Sobre este proceso se refería un
intendente diciendo: es como el camino del cangrejo, dos
pasos al frente y uno atrás.
En este contexto la asistencia técnica o la cooperación
externa pueden ser una oportunidad, facilitando y nutriendo estos
procesos, pero también pueden ser una amenaza que lo dificulta
y, muchas veces, los anulan.
Lo más esencial en todo proyecto, para que sea exitoso
y pueda ser llevado a "escala", es lograr el compromiso
y el apoderamiento de los actores comunitarios. Para ello se busca
desarrollar reciprocidad y confianza como principios básicos
para el "apoderamiento - pertenencia" de los actores
locales. Entendemos a la cooperación internacional como
un flujo de recursos, generalmente técnicos y financieros,
que responde a una necesidad sentida y que construye o se agrega
a una iniciativa comunitaria local de manera a apoyarla y fortalecerla.
Es esencial para el éxito de cualquier proyecto de cooperación:
saber lo que se necesita, lo que se quiere, las soluciones que
los beneficiarios proponen y consideran viable y, sobretodo, identificar
lo que ya se esta haciendo exitosamente.
Frecuentemente se observa la implementación de proyectos
importados de experiencias externas con muy poca o ninguna adecuación
local o, lo que es aun peor, sin "legitimación"
de la comunidad beneficiaria.
Esto hace que los mismos sean cuerpos extraños
que no solo no generan desarrollo y sostenibilidad, sino que además
suelen tener efectos negativos. La cooperación puede constituirse
en un incentivo "perverso", destruyendo la iniciativa
local y privada hasta ese momento exitosa.
Este es un caso bastante repetitivo: implementar programas o servicios
gratuitos o subvencionados mediante préstamos o donaciones,
que aniquilan la autogestión y promueven el clientelismo.
Los programas o servicios gratuitos o subvencionados mediante
préstamos o donaciones aniquilan la autogestión
y promueven el clientelismo. Un ejemplo de experiencia exitosa
en Paraguay es el de Fondos Rotatorios para Medicamentos Básicos,
más conocida como Farmacias Sociales, que ya se extendió
a unas 200 comunidades del país y tiene más de 9
años de práctica sostenible brindando acceso a medicamentos
esenciales.
En este contexto, incorporar un modelo de gratuidad de medicamento
destruiría esta experiencia pues sería un incentivo
contrario. Y, lo que es peor aún, al no financiarse con
recursos genuinos o al no existir recursos suficientes para mantener
este modelo, se volvería difícil lograr su sostenibilidad
más allá de la vida del proyecto.
Otro ejemplo frecuente es el de inyectar recursos financieros
sobre un sistema de servicios que no tiene aun la capacidad de
implementarse efectivamente. Cualquier proyecto tendría
dificultades en su implementación si previamente no se
efectúan reformas sistémicas, se adecua la distribución
de personal, se solucionan las deficiencias en equipamiento e
infraestructura, se resuelve el permanente problema del desabastecimiento
de insumos y se corrigen las complejas dificultades de gestión.
Este tipo de cooperación se promueve un modelo asistencialista
de administración pública que necesariamente anulará
la emergente participación ciudadana promovida por los
gobiernos departamentales y municipales.
Perpetuar los sistemas públicos centralizados y asistencialistas
arriesga la construcción de la participación ciudadana
y el capital social que, generalmente, se sostiene a través
de valores como la reciprocidad y la confianza de los actores
locales en las comunidades. Estos modelos de cooperación
generan una cultura de dependencia que va de contramano a la política
descentralizadora del actual Gobierno.
Financiar y focalizar recursos no son un fin en sí mismos.
Son simples herramientas que ayudan a un proceso de desarrollo,
cuando son adecuadas a la realidad existente y toman en consideración
la cultura y las costumbres de los beneficiarios. De esta forma
pueden ser una verdadera oportunidad, pero si no logran adecuarse
y sintonizar con su entorno puede trasformarse en una peligrosa
amenaza para una población que necesita soluciones urgentes
a sus problemas y para quien cualquier fracaso incrementa su pesimismo
y frustración, generando, consecuentemente, falta de credibilidad
en el sistema.
(*) Presidente Ejecutivo del CIRD.