Cuando las tablas de madera del diminuto Puesto de Salud ya no
contenían sus ilusiones, Teodora Ferreira viajó
a Encarnación para estudiar la carrera de auxiliar de enfermería.
Tenía 20 años. De los treinta y dos compañeros
que comenzaron el estudio, sólo dos terminaron, ella era
una de ellos. Fue difícil. Por eso ahora, cuando su pequeña
Gabriela, de 8 años, le pasa las vendas y le dice que quiere
ser médica, la mamá se llena de orgullo. Si
eso es lo que quiere, voy a hacer hasta lo imposible para que
llegue a ser doctora, afirmó decidida. El empuje
con que enfrenta la vida, confirma que será así.
Teodora lleva más de dos décadas dedicada a la salud.
Desde los 16 años está vinculada al Puesto de Salud
de Cristo Rey, compañía de Coronel Bogado. Su vida
está condicionada por el amor que tiene hacia su trabajo.
Apenas tuvo posibilidad, compró un terrenito al lado del
Puesto de Salud, para que sus compueblanos no tuvieran que caminar
dos kilómetros cuando requerían asistencia. Siempre
trabajó desde las 7 de la mañana hasta las 5 de
la tarde, pero si alguien se enfermaba por la noche, igual recurrían
a ella en su casa. En su pueblo, cuando llueve el camino es directamente
intransitable. Por eso decidió consolidar su destino de
compromiso con su comunidad. Pidió un crédito en
el banco y construyó su hogar al costado del servicio de
salud.
La misma decisión había motivado a Teodora, unos
años antes, a viajar a Asunción con 17 años
para buscar trabajo y juntar dinero para estudiar enfermería.
Tres años después, había podido comprar a
cuotas un pequeño terreno, de cuya venta obtuvo el dinero
suficiente para sus gastos. Con el título en mano, volvió
a su pueblo, a encargarse del entonces precario Puesto de Salud.
El edificio era de apenas una habitación de madera, pero
limpio y bien ordenado, recordó Teodora. Con machete
en mano, ella misma se ocupaba de carpir el inmenso yuyal que
bordeaba la casita. En 1993 la sencilla pieza se convirtió
en un moderno centro asistencial que construyó el Ministerio
de Salud Pública con el apoyo de la GTZ de Alemania. Teodora
aún limpia el patio cuando no tiene pacientes. Utiliza
la máquina que compró con su sueldo. No puedo
estar sin hacer nada, dijo.
Desde su época de voluntaria, la mujer camina varios kilómetros
para vacunar a los niños y niñas que viven más
distantes. Todavía lo hace. Es la única enfermera
para cinco compañías (Cristo Rey, Santa Clara, Calle
8, Tacuaty y San Jorge) y atiende entre 5 y 8 pacientes por día.
Con la motito que le entregó el Ministerio de Salud Pública,
ella recorre cada casa del distrito avisando la fecha en que atenderá
el médico que llega hasta la compañía dos
veces al mes. Si aún así las embarazadas no se presentan
al control prenatal, va a buscarlas. Según los registros,
su servicio es de los más eficientes del departamento.
Tiene vacunados al 100 por ciento de los niños y niñas.
Mi trabajo me encanta, me apasiona, no quiero hacer otra
cosa que la que estoy haciendo. Cuando no hay gente en el Puesto
me desespero, soy capaz de ir a buscar yo misma para mis pacientes.
A veces quiero salir a preguntar si están todos bien por
eso que no se vienen al Puesto, comentó.
La trabajadora de salud cree que hay cambios visibles en la comunidad.
Antes los pobladores se involucraban poco. De hecho no había
insumos ni medicamentos. Más de una vez tuvo que apelar
a algún remedio yuyo para curar un resfrío o un
malestar. Desde que se organizó el Sub Consejo de Salud
de Cristo Rey y se habilitó una Farmacia Social, las cosas
mejoraron. Ya no tiene que comprar de su bolsillo insumos como
hilo, algodón, desinfectante y artículos de limpieza.
Con la organización se abastece al Puesto de insumos básicos
y los pobladores se involucran más en cuestiones de salud.
Incluso los jóvenes se acercan a preguntar sobre salud
sexual y reproductiva, cosa antes impensable en la comunidad.
Su nena Gabriela también se involucra. Le ayuda como instrumentalista
en casos de cortaduras, infecciones o curaciones y la acompaña
cuando tiene que aplicar inyecciones. Dice que quiere ser doctora.
Si eso es lo que quiere voy a hacer hasta lo imposible,
repitió Teodora. No hay dudas de ello.
EN CURUÑAI
Fortuosa Ibarra de García, en cambio, no tenía la
misma confianza en el proceso de salud comunitaria. En la compañía
Curuñai, distante a unos 15 kilómetros de Coronel
Bogado, fueron sus compueblanos los que convencieron a esta docente
jubilada a asumir el nuevo compromiso. Ahora, la señora
divide su tiempo entre la carnicería que atiende junto
con su esposo y el trabajo voluntario de tesorera del Sub Consejo
de Salud.
De a poco, aumenta su confianza hacia el trabajo comunitario.
El trabajo comunitario es difícil, muchas veces desanima
que algunos solo critiquen. Pero intentamos salir adelante, los
problemas surgen para que encontremos soluciones todos juntos,
así únicamente, comentó.
Cuando estaba a punto de dejar su trabajo como directora de la
escuela local, llegó la propuesta de integrar el Sub Consejo
de Salud. Yo quería apoyar, pero ya no formar parte
de una comisión. Pero no tuve salida, me convencieron y
empecé a trabajar, había mucho por hacer en nuestra
comunidad, dijo.
Junto con los demás miembros consiguieron la habilitación
de la Farmacia Social, con un capital inicial de 300 mil guaraníes
en medicamentos y rehabilitar el Puesto de Salud. Aunque todavía
falta mucho.
Su principal sueño es tener suficientes recursos para poder
pagar sueldos a la encargada del Puesto y a la de la Farmacia,
que hasta ahora trabajan ad honoren.
Me involucré totalmente, pero el cambio es más
lento de que lo que suponía. Creía que iba a ser
más fácil, que íbamos a organizar más
actividades para tener más medicamentos, pero no es así.
Sin embargo, no me desanimo. Aprendí a comprender que los
procesos de cambio siempre son difíciles porque implica
cambiar de mentalidad, cosa a la que no estamos acostumbrados,
aseguró.