Aunque nunca se vieron, Claudia de Ita Yurú y Crisnilda
de Atyrá comparten los mismos ideales. Ambas mujeres completaron
apenas la primaria, pero emanan sabiduría. Tienen la sonrisa
contagiante, el corazón inmenso y la energía desbordante.
Cada una edificó una familia maravillosa, que estimula
su trabajo y la apoya en sus desafíos.
Incansables, con compromiso y dedicación, estas dos liderezas
dedican voluntariamente parte de su tiempo, donan sus recursos
y contagian de entusiasmo a quienes las rodean, con el único
objetivo de mejorar la calidad de vida de sus comunidades.
La labor en el Consejo Local de Salud les permite llevar a la
práctica su vocación de servicio. Estos organismos
son parte del proceso de descentralización, establecido
por la Ley 1032/96 del Sistema Nacional de Salud. Su objetivo
es facilitar el acceso a los servicios de salud y garantizar atención
de calidad para todos.
Claudia Cantero de Fernández es una de esas mujeres ejemplares
que hacen posible pensar en el cambio. Su amabilidad es deliciosa.
Su corazón nos recibe tan abierto como las puertas de su
casa. Desinteresadamente nos invita a pasar. Mi casa está
siempre abierta, tengo demasiadas ganas de servir, comenta.
Posee el entusiasmo de una adolescente, aunque está casada
hace 26 años y es madre de 8 hijos, tres de los cuales
están en la universidad y los demás en el colegio.
Su semana es agotadora. Los jueves participa del encuentro en
la Capilla, los sábados asiste a reuniones comunitarias
y los domingos ayuda en la misa. Hace gestiones en la municipalidad,
en la gobernación o en la Octava Región Sanitaria.
Yo soy la que más colaboro en las organizaciones
donde trabajo, porque tengo más tiempo y recursos,
comenta.
En su casa cría gallinas y cuida la chacra con su marido.
Tienen maíz, poroto y mandioca. Todos tenemos que
trabajar si queremos seguir adelante., dice convincentemente.
También conforma la Pastoral del Niño, que activa
los miércoles, cada 15 días. Se reúne con
madres de la comunidad, para controlar el peso de los niños
menores de 5 años, enseña a preparar pomadas curativas,
jabones, pastillas antiparasitarias y a preparar alimentos con
soja. Tuvimos tres casos de niños desnutridos y con
alimentación alternativa a base de soja pudimos recuperarlos.
De la venta de los productos obtienen un pequeño fondo
de ayuda para madres o niños que enfermen.
La tenacidad de Claudia es muy valorada en su comunidad. Todos
me conocen y me aprecian, porque cuando hay dolor yo comparto
con mi hermano su dolor y cuando hay alegría o acontecimientos
siempre me invitan. Eso es muy importante para mí,
manifiesta.
A veces se agota, pero su fe y compromiso le dan fuerzas para
seguir. Aunque a veces me sienta cansada, la fe es lo que
me da este espíritu de servir, asegura.
Itá Yurú es una apacible compañía
de San Juan Bautista (Misiones), ubicada sobre la Ruta 1. El paso
cansino del tiempo sumerge a la población en un letargo,
del que Claudia se sacude todos los días. Está convencida
en que la única forma de salir adelante es mediante el
esfuerzo comunitario. Es una comunidad tranquila, donde
nadie quiere tomar responsabilidades, aunque quieran las cosas.
La gente piensa que todo va a bajar de arriba, pero ya no es más
así, acota. La clave está en ser responsable
y coherente. Muy fácil es decir, pero practicar es
lo difícil, expone.
En otra ciudad del país, encontramos un ejemplo de vida
similar. Atyrá no sería lo que es sin Crisnilda
de Ferreira, conocida por todos como Ña Nenecha. Esta mujer
de sonrisa explosiva es el motor de las principales actividades
comunitarias. Consigue todo lo que se propone. Si digo voy
a hacer esto, lo hago, nos cuenta con orgullo y sin falsa
modestia.
Nenecha es como un huracán de energía. Participa
en actividades comunitarias desde que era una niña. A los
9 años comenzó a enseñar catequesis a los
más chicos. A los 11 años integró una organización
que trabajaba para mejorar la escuela donde estudiaba. Estudió
hasta el sexto grado y se casó a los 18, pero nunca dejó
de trabajar en pos de su comunidad.
Integró tantas comisiones, que ya ni siquiera recuerda
el número exacto. En todas logró el objetivo que
se proponía. En la compañía Monte Alto,
por ejemplo, trabajé casi cuatro años, relata.
El grupo comenzó por la limpieza, después levantó
una capilla y de ahí pasó a la escuela. En menos
de dos meses se construyeron varias aulas y se consiguió
que la Gobernación contratara una profesora.
Toda esta actividad la conjuga con el cuidado de su familia y
la administración de un supermercado, que la familia tiene
en el centro de la ciudad. El entusiasmo, perseverancia y determinación
los transmite a sus hijos: Uno de ello es el actual intendente,
los otros dos son los conocidos futbolistas Virgilio y Francisco
Ferreira, que jugaban en Cerro Porteño y ahora hacen carrera
en Bolivia y Ecuador. Sus dos hijas mujeres también tienen
protagonismo en las actividades de la comunidad. Mis hijos
me apoyan en todo. Yo les inculqué el amor por su ciudad
y el orgullo de ser atyreño, expresa.
Ña Nenecha destina siempre parte de sus ingresos a las
obras sociales. Donó dos millones de guaraníes para
refaccionar la Iglesia de Atyrá y ayudó a gestionar
el resto de los recursos. Colaboró con la comisión
de padres del colegio Mariscal López y consiguieron levantar
un necesario cercado. Yo entré a la comisión
de padres, y a la vuelta de las vacaciones de verano reiniciamos
las clases con el cercado concluido. La obra costó
14 millones de guaraníes, 12 millones puso la comisión
y el resto, ella.
Ambas mujeres dicen sentirse muy orgullosas con lo que construyeron.
Me gusta trabajar, doy gracias a Dios, dice Nenecha.
Yo estoy muy feliz con mi vida. No cambiaría nada,
afirma también Claudia, y agrega: Cuando era más
joven solo me interesaba tener ropa linda y lucir, pero después
fui descubriendo que hacer el bien por el más necesitado,
servir y ser honesta era vivir a plenitud. Ponerse una ropa linda
pero estar vacío por dentro, eso no es vida, concluye.
La descentralización avanza con pasos firmes en muchas
comunidades. Especialmente en aquellas como Atyrá e Itá
Yurú, donde los Consejos Locales de Salud están
conformadas por personas excepcionales. Hombres y mujeres comprometidos,
que ven en la solidaridad y el trabajo comunitario la fórmula
exitosa para enfrentar los desafíos de la vida y salir
adelante.