Lo que quisiéramos todos es que ahora la ciudadanía en general se movilice cada vez más en apoyo a la democracia, al Estado de derecho, a la paz y al desarrollo de nuestra sociedad y no que nos movilicemos unos en contra de otros.
La gobernabilidad democrática es la posibilidad de mantener la lucha por el poder dentro de los canales institucionales y subordinada al desarrollo (o por lo menos no contraria al desarrollo). En otras palabras, cuando hablamos de gobernabilidad, hablamos de una situación en la que las políticas públicas prioritarias, desde el punto de vista del bien común, se mantienen a pesar de la competencia por el poder. Entendemos entonces gobernabilidad como la capacidad de gobernar a pesar de la competencia por el poder. Es un poco como garantizar que un piloto pueda pilotar el avión sin estar lidiando al mismo tiempo con motines a bordo liderados por el copiloto y las azafatas. La gobernabilidad democrática implica, como condición básica, el respeto a las instituciones de la república y el ejercicio continuado del diálogo y la discusión objetiva e inclusiva.
Instalar esta frágil institucionalidad democrática ha sido, desde 1989 –y seguirá siendo por mucho tiempo– una tarea difícil, constante y muchas veces frustrante. No hemos logrado que las nuevas instituciones sean respetadas ni por las élites, ni por los ciudadanos en general, ni por la clase política, ni por las empresas, ni el propio Poder Judicial. Seguimos siendo un país de institucionalidad frágil, porque no respetamos totalmente las instituciones y porque nuestro comportamiento no corresponde a lo que las instituciones ordenan. Este esfuerzo de adecuar instituciones y el comportamiento de las personas a las instituciones; es la búsqueda de lo que llamamos “Estado de derecho”.
“La falta de discusión objetiva
es el aspecto de la democracia
que más sufrió durante la dictadura”
Otro pilar fundamental de nuestra democracia debería ser el “gobierno por discusión”, como diálogo, como discurso, como conversación. En esta perspectiva de la democracia, desarrollamos nuestras capacidades de discusión objetiva, tolerante, incluyente, libre. El gobierno por discusión se perfecciona en la medida en que la conversación, la discusión, se vuelve cualitativamente objetiva y cuantitativamente amplia e inclusiva. El gobierno por discusión permite el consenso que sustenta las políticas públicas que favorecen el desarrollo y la promoción del bien común. Es esta discusión constante la que va moldeando las instituciones, las va consolidando o modificando en un ambiente gobernable. Sin espacio para la discusión objetiva, tampoco hay gobernabilidad sustentable.
La falta de discusión objetiva es el aspecto de la democracia que más sufrió durante la dictadura; el aspecto más dañado por el espíritu autoritario e intolerante, por el predominio de un pensamiento dogmático, por el pensamiento parroquial cerrado al mundo, el fanatismo partidario, la demagogia, el machismo, la discriminación por etnia, nacionalidad, religión, etc. La imposibilidad de discutir objetivamente llevó a la estigmatización, el rotulado, la creación de estereotipos y caricaturas que hoy no nos permiten dialogar; nos mantienen en la desconfianza.
Creo que gracias a la discusión abierta y pública podemos conocernos mejor y animarnos a discutir cuestiones de fondo, cuestiones que probablemente tendríamos que haberlas discutido hace mucho tiempo, cuando no se podía discutir y cuando por discutir, la gente moría. Hoy me da la impresión de estar viviendo discusiones que en otros países se dieron en décadas pasadas y que por lo visto nosotros en el Paraguay, por no haber tenido oportunidad de discutirlas antes, las estamos teniendo ahora.
La situación hoy es tal que, por un lado, a los que les conviene hacer política como antes, llamémoslos “retardatarios”, y a los que creen que esta democracia está secuestrada por los privilegiados, llamémoslos “de izquierda”, a ambos grupos extremos les conviene descomponer el orden institucional e impedir la discusión objetiva e inclusiva, para crear la desconfianza en la democracia y así, creen ellos, tomar o retomar el poder. En esto los extremos de izquierda y derecha están aliados y se retroalimentan.
Ante esta situación, yo digo que el papel de la sociedad civil organizada es el de no tomar partido ideológico, no ponerse del lado de los de izquierda, ni de los de derecha, sino proponer y promocionar el ámbito de discusión objetiva, abierta y tolerante que permita, por el diálogo, fortalecer lo que haya que fortalecer y cambiar lo que haya que cambiar. Debemos ser custodios de ese espacio de diálogo franco, abierto, cualitativamente objetivo y cuantitativamente inclusivo que permita la discusión que nunca antes tuvimos. No es tiempo de “ojo por ojo”, es tiempo de “poner la otra mejilla”.
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