Por Benjamín Fernández Bogado
Octavio Paz en su aleccionador ensayo “El laberinto de la soledad” habla en uno de sus capítulos sobre las máscaras que usan los mexicanos en diferentes momentos de su vida para ocultar y protegerse ante la vida y la adversidad que en muchos momentos es la misma cosa. La historia de la secrecía, del ocultamiento, ha dado paso desde el 2003, con la ley de transparencia y acceso a la información pública, a un profundo cambio de actitud ante el poder y ante los gobiernos locales, regionales y federal. Solo en estos primeros 6 años en vigencia la “impertinencia ciudadana” ha permitido que el Estado se deshaga de más de 700.000 “aviadores” o planilleros, cuyos costos al presupuesto eran billonarios. ¡Estamos hablando de casi 4 veces el tamaño del funcionariado público paraguayo! La prensa ha comenzado –aunque lentamente– a hacer un tipo de periodismo basado en el trabajo de investigación que permite contrastar y cribar hechos favoreciendo a su paso a la eliminación del rumor o las publicaciones interesadas y polémicas que tanto daño han hecho al periodismo latinoamericano.
La mirada ciudadana hacia el Estado es hoy no de temor sino de contralor, de partícipe y de verdadero mandante; del que tiene el poder para requerir qué hacen los mandatarios con los recursos que administran y darle a su paso un duro golpe a la corrupción, un verdadero cáncer para nuestras democracias. Las cifras de pedidos de información permitieron, además, mejorar los niveles de gestión interna del Estado. Los ha forzado a pensar en la necesidad de una ley de archivo que establezca formas y mecanismo de cómo guardar y ordenar documentos de manera tal que no sea el desorden un pretexto para no conceder la información que se requiere. Las penas y sanciones mejoraron los niveles de selección del funcionariado público y han servido como elemento disuasorio para librarse de los pedidor de los “correligionarios molestosos” que hacen política con el único interés de servirse del erario.

“Es el tiempo de los individuos que desean convertirse en ciudadanos”
Es posible que los mexicanos no perciban el gran paso que han dado porque representa en la cultura de esta nación una verdadera revolución, un cambio de actitud hacia el poder que excede en mucho el análisis jurídico y encuentra explicación en el cambio de formas y maneras de relacionarse y entender el sentido de la democracia institucional.
El debate anacrónico, por decir una expresión gentil que todavía se plantea en algunos países como el nuestro, como si se tratara de una ley mordaza o de la posibilidad tan siquiera de que salga algo peor que lo que no existe, no soporta la menor crítica y es una muestra de que la secrecía y el monopolio de la intermediación no solo pretendidos continuar desde el Estado, sino también por varios actores sociales, como algún sector de la prensa que no desea que sus beneficios le sean conculcados en favor de los ciudadanos.
Vivimos tiempos de cambios, la tecnología como soporte está disponible para todos, los viejos intermediadores del poder están siendo severamente cuestionados, es el tiempo de los individuos que desean convertirse en ciudadanos. En Paraguay por mucho tiempo las dos palabras: ciudadano e individuo, eran formas peyorativas de dirigirse o antesala de algún golpe físico. Para los mexicanos es hoy una cuestión de orgullo que buscan ejercitarlo todos los días haciendo uso de una ley que puso punto final a las máscaras, la secrecía e inició la marcha hacia una nueva cultura democrática. |